En los primeros años de vida, especialmente en el preescolar, los niños aprenden mucho más que letras y números. Nuestros alumnos también están construyendo su mundo emocional: aprenden a nombrar lo que sienten, a calmarse cuando están enojados, a compartir, a esperar turnos y a ponerse en el lugar del otro, etc. Estos son algunos ejemplos de lo que nos brinda la educación emocional.
Rafael Bisquerra, experto en el tema, habla de cinco grandes áreas que debemos desarrollar: conciencia emocional (saber qué sentimos), regulación emocional (manejar lo que sentimos), autonomía emocional (sentirse bien con uno mismo), habilidades sociales (relacionarnos con los demás) y habilidades para la vida y el bienestar (adoptar comportamientos adecuados para afrontar satisfactoriamente los desafíos diarios de la vida).
Sabemos que los niños no aprenden a manejar sus emociones con una simple explicación verbal. Ellos necesitan practicarlo todos los días, en casa y en la escuela, a través de vivencias, juegos, cuentos y, sobre todo, con el ejemplo de los adultos.
¿Cómo podemos apoyar desde casa?
Aquí les comparto algunos tips o ideas que pueden ayudar a nuestros niños a ir desarrollando las competencias emocionales poco a poco:
Nombrar las emociones: Ayúdale a tu hijo a reconocer lo que siente. Puedes decirle: “Veo que estás triste porque no pudiste seguir jugando” o “Parece que estás frustrado porque no salió como querías” Nombrar las emociones es el primer paso para aprender a regularlas.
Modelar la calma: Si tú te enojas y gritas, es probable que tu hijo aprenda a reaccionar igual. Trata de respirar profundo, hablar con calma y explicar cómo te sientes. Ellos aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos. Sé que no es fácil y, en ocasiones, perderemos la paciencia. En esos momentos también se modela con el ejemplo al retirarnos un momento y decir: “Mamá o papá tienen que irse a respirar o recuperar la calma”.
Cuentos o juegos de rol: Usa historias donde los personajes enfrentan emociones. Después del cuento, pregúntale: “¿Qué crees que sintió este personaje?” o “¿Tú qué harías en su lugar?”.
Establecer rutinas: Las rutinas dan seguridad a los niños y los ayudan a regularse. Saber qué va después les da una sensación de control y tranquilidad. Pueden poner un horario (flexible) de manera visible para que ellos sepan lo que sigue.
Validar sus emociones: En lugar de decir “no llores” o “eso no es tan importante” ,intenta decir: “Entiendo que eso te hizo sentir mal. Estoy aquí contigo”. En este aspecto, es muy importante dejar claro que validar la emoción no es permitir que hagan lo que quieran, sino empatizar con la emoción, no necesariamente con la acción. Es decir: “Entiendo que te sientas enojado, pero no por eso le puedes pegar a tu hermanita”.
Brindar abanico de posibilidades: A veces, tanto los niños como los adultos reaccionamos a ciertas emociones lastimando a otros o incluso a nosotros mismos. Trabajar con los niños para buscar opciones sobre cómo pudieron haber reaccionado les da un abanico de posibilidades para responder de manera diferente la próxima vez. Por ejemplo: “Cuando te dije que era hora de guardar los juguetes para irnos a bañar, te enojaste y los aventaste. Esa fue una forma de reaccionar. ¿Qué otras formas se te ocurren?”. Acompáñalo a explorar otras maneras de expresar la emoción. Algunos ejemplos pueden ser: pedir cinco minutos más, guardar los juguetes en su lugare irse a bañar, escoger algún juguete para llevar a la regadera o decirle a mamá que se siente triste por tener que guardar las cosas. Tener estas opciones ayuda al niño a reaccionar de manera distinta ante la misma emoción.
Estas son solo algunas estrategias que podemos utilizar en casa; existen muchas más que iremos abordando en otros momentos.
También es importante recalcar que en los salones de clase se desarrolla la educación emocional de manera formal, mediante clases dirigidas especialmente a desarrollar dichas competencias. Esto ayuda a brindar el aspecto teórico de esta formación, ayudando a la alfabetización emocional y a dar estrategias para la regulación emocional, entre otras.
Por otro lado, en la escuela, los maestros creamos espacios para que los niños experimenten, convivan y aprendan a resolver conflictos. Cada momento en el salón de clases, desde esperar turno en un juego hasta ayudar a un compañero, es una oportunidad para practicar las competencias emocionales, y así desarrollamos el aspecto práctico de estas habilidades.
La educación emocional comenzó a ser una materia curricular en 2018, por lo que me atrevo a asegurar que casi ninguno de los papás recibimos dicha educación cuando éramos niños.
Pensemos en lo que podemos lograr y en las herramientas tan valiosas que daremos a nuestros niños si empezamos desde pequeños. Educando emocionalmente a nuestros alumnos, los ayudamos a formar personas con más confianza, capaces de manejar lo que sienten, de relacionarse con los demás y de adaptarse mejor a los retos de la vida.
Los invito a que, juntos, casa y colegio, sigamos trabajando en darles estas herramientas a nuestros niños y podamos así contribuir a su formación integral y a su bienestar. La educación emocional no es un lujo, es una necesidad. Y en la etapa preescolar, es cuando más podemos sembrar.
Mtra. Daniela Moller Derbez
Julio 2025